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Jaime Arce González. Veterinario clínico. En el embalse de Valmayor, en la comunidad de Madrid, varias personas han visto un cocodrilo. Motivo por el que se han prohibido las actividades acuáticas y el pantano, que esta sembrado de prohibidos, es patrullado por la guardia civil. También se ha equipado una embarcación para capturar al supuesto cocodrilo, y digo supuesto, porque se sospecha que puede tratarse de una confusión con un siluro de 100 kilos de peso, cuya existencia prueban capturas de años anteriores.De modo que las autoridades han tomado las medidas oportunas, para no tener que escuchar sonrojadas, "ya te lo avisé", si una mañana se enterasen por la prensa de que un cocodrilo se zanpó la pierna de un bañista. Conscientes de que puede tratarse de una confusión, pero también de que puede no serlo, ya que en España existe un importante negocio de tráfico ilegal de animales, contra el que no siempre se toman medidas oportunas y que incluye la venta ilegal de crías de cocodrilo, por las que algún snob con más dinero que cabeza, pagará una bonita cifra para tontear al pobre animal, que a menudo muere al poco tiempo por no ser tan sencillo de cuidar como su caprichoso dueño supuso. No obstante, alguno puede sobrevivir y crecer más de la cuenta, convirtiéndose en un problema que su dueño puede resolver abandonándolo en la naturaleza, con el peligro que ello supondría para las personas, razón por la que el asunto cobra otra dimensión y aparece en periódicos y telediarios. En cambio, no es noticia como pueden pescarse siluros de 100 kilos en un pantano madrileño, ya que no son peces propios de nuestro país, si bien por desgracia abundan hoy día en nuestros ríos, donde están desplazando a los peces que desde hace siglos los pueblan. Los siluros fueron soltados ilegalmente en nuestros ríos, se sospecha que por personas con fuertes intereses económicos vinculados a la forma más consumista de la pesca, con objeto de que aumentasen la facilidad y la talla de las capturas en zonas donde no era fácil pescar, si no se era pescador, y donde los peces jamás habían pesado 100 kilos. Tampoco es noticia encontrar un galápago de Florida en un río español, tal vez porque también abundan. Hace unos años, estos simpáticos animales, empezaron a importarse y venderse masivamente como mascotas, ayudados por su bajo precio y lo fáciles que son de cuidar, de lo cual suele encargarse el menor de la casa. El problema puede aparecer cuando el galápago crece, y el niño, que también ha crecido, se desentiende de él, de modo que la tortuguera empieza a desprender cierto olorcillo, a la vez que surgen en la familia remordimientos por el descuidado estado de la mascota. Situación que suele terminar con una reunión familiar en la que se decide dárselo a alguien que lo cuide como es debido, pero si esa persona no aparece, hay muchas probabilidades de que, con la mejor intención, alguien tenga la desafortunada idea de soltarlo en un arroyo. Así, a partir de unos pocos individuos liberados en la naturaleza, estos animales se han adaptado a nuestros ríos y están desplazando a los galápagos autóctonos, que estaban ya al borde de la extinción y ahora lo están mucho más. De modo que nunca deberíamos soltar en la naturaleza, un animal que no exista de forma natural en ella, ya que el riesgo ecológico es muy alto, sobre todo si se reproduce, como ha sucedido con galápagos y siluros. A lo que hay que añadir el peligro de que animales foráneos introduzcan enfermedades inexistentes aquí, causando con ello un grave perjuicio a la fauna local.
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